lunes, 13 de marzo de 2023

LOS OLÍMPICOS DEL 24 - Y2K

 

Es altamente probable que nos suceda a todos quienes nacimos a mitad de siglo, de cualquier siglo, en este caso del siglo XX.

Días pasados comentaba acerca de un acontecimiento personal y comencé a decir en mil novecientos noventa y…, de inmediato me detuve y corregí, en dos mil dieciséis.

Fueron cincuenta años de decir en el sesenta y cuatro, en el setenta y uno, en el ochenta… era innecesario decir en mil novecientos sesenta y cuatro. Ahora es obligatorio que digamos el año dos mil dieciséis, no solo dieciséis… algún automatismo de mi cerebro trata de mantener, ya transcurridos más de veinte años de este siglo, una nomenclatura arcaica. Este hecho me trae a la memoria una situación graciosa que ocurrió con el cambio de siglo. Se pensó que podía ocurrir un error en las fechas de las computadoras, cuando cambiase el siglo. Fenómeno que dio en llamarse Y2K.

Los uruguayos campeones olímpicos de fútbol en el año 1924 eran los olímpicos del veinticuatro, los campeones de 1928 eran los olímpicos del veintiocho. El primer mundial de futbol fue el mundial del 30.

Si ahora dijéramos los campeones del 24, quien nos escuche pensará que serán los campeones del año próximo, que estamos haciendo futurismo. Y pasado un año más se nos preguntará de que estamos hablando.

En fin solo es el tiempo, que es igual y es diferente para cada uno. Y aunque no lo hubiera expresado Einstein en su teoría de la relatividad especial, siempre supimos que el tiempo no pasa igual para el que espera que para el que viaja. Y que a la línea del tiempo cada cual la siente de manera diferente y también es diferente para quien la piensa ahora que hace veinte años.

Pero es interesante volver al fenómeno Y2K porque no se trató de uno de esos fantoches que anuncian el fin del mundo. Este fenómeno fue tratado por revistas internacionales muy reconocidas en la rama de la ingeniería.

Pues si fallaban los relojes, supongamos de los aviones, que fue uno de los temas tratados, ¿qué sucedería? Hubo quien pensó en detener todos los vuelos ese día, pero, ¡Vaya! No hay lugar suficiente en la tierra como para albergar todos los aviones que existen. ¿Interesante no? Siempre tiene que haber aviones volando…

Hubo, como es usual quienes se aprovecharon de la situación sugiriendo algún tipo de negocio, seguros, kits de supervivencia…

Yo trabajaba para una empresa en mantenimiento de instalaciones eléctricas. Algunos clientes nos pidieron que dejáramos electricistas de guardia y a otros se los sugerimos. Hoy día decimos ¡que gracioso! Pero realmente no se sabía como responderían las computadoras cuya fecha había sido programada hasta el 31 de diciembre de 1999. Que fecha y hora pondrían cuando transcurriese ese día. Programas antiguos, al finalizar la fecha de programación saltaban por ejemplo al primero de enero de 1980. A la mañana de la tan temida fecha me llama un ingeniero y me comenta que no tiene personal suficiente. Yo todavía algo dormido, no soy de levantarme muy temprano, le respondo, «no hagas nada», el año nuevo, el año 2000 ya había comenzado en varias partes del mundo y que yo supiera no había pasado nada, ni se habían caído aviones ni nada por el estilo.

Si las computadoras sin necesidad de que las programaran especialmente funcionaron bien, por qué no lo puede hacer nuestro cerebro. Claro que puede. Pero debemos decir los olímpicos de 1924.

domingo, 5 de marzo de 2023

CUANDO VOS VAS A MISA HASTA EL CURA ESTÁ BORRACHO

 

Antiguo dicho cuyo significado expresaba que: a quien se le aplicaba no iba nunca a misa.

Hoy, domingo 5 de marzo, fui hasta la parroquia y la encontré cerrada. Sabido es que oigo poco y que, en la iglesia, la mayor parte del tiempo, no puedo utilizar los audífonos. ¿Por qué? Por varias razones. Debería quitármelos durante los canticos cuyo volumen es generalmente alto (recuerden que los audífonos no tienen el rango de respuesta de un oído humano normal). Los sacerdotes tienen la costumbre de hablar muy bajo. Y quienes hacen las lecturas, bueno, es usual que no sepan leer, no quiero decir leer en forma genérica, leer para ser escuchados por un auditorio. Tratándose de que están leyendo la palabra de Dios, lo cual se da por supuesto, deberían practicar adecuadamente y mostrarse acorde a ese hecho. Bien, pero ese es otro tema.

El domingo pasado, en la misa de las 21 h, el sacerdote comunicó el cambio de horario para marzo. Yo escuché siete o siete treinta, esa era mi duda y diez de la mañana. Así que me dirigí el domingo de tarde a las 19 h. Como mencioné la parroquia estaba cerrada. En un local delante de la capilla había dos salones muy iluminados. En el que estaba sobre la puerta de acceso estaban terminando de trabajar varias mujeres. En el otro se veía un hombre leyendo o escribiendo. Pregunté, ninguna de ellas tenía idea, una señora joven, muy amable, se mostró muy dispuesta a auxiliarme y llamó por teléfono a la persona encargada de abrir y cerrar la parroquia. Ella le informó que las misas eran los sábados 19:30 h y los domingos a las 10 h.

Todo muy bien, se me puede aplicar el dicho, por comodidad no averigüé mejor, tuve todas las oportunidades el domingo anterior para hacerlo, incluso a la salida cuando saludé al sacerdote.

Pero, me queda rondando una pregunta maliciosa. Como puede ser que personas que trabajan para o relacionadas con la iglesia no conozcan los horarios de misa. ¿Acaso ninguna de ellas asiste a misa?

No me había sucedido algo así en el pasado, es cierto que pandemia mediante hubo muchos cambios momentáneos y la misa por internet pasó en su momento a sustituir a la presencial. Esto también es un tema que da para conversar mucho. Recuerdo unas palabras de Benedicto XVI (ya Papa Emérito) al respecto mirando la práctica de la liturgia desde otro ángulo y refiriéndose a un dicho de Jesús: no cito, escribo como lo recuerdo: cuando dos o más se reúnen en mi nombre yo estoy con ellos (Mt 18, 20).

viernes, 20 de enero de 2023

PESCANDO A LA ENCANDILADA

Unos días atrás, la noche de Reyes, para ser más preciso, observé, por la ventana, a dos personas que pescaban a la encandilada. De inmediato me vi sumergido en un cúmulo de recuerdos felices, propios del día, como no podía ser de otro modo, pero sin más relación que esa.

La playa de Piriápolis, además de su forma natural está protegida por el largo murallón del puertito de yates; se forma así una larga zona poco profunda y casi sin olas. Un lugar muy apto para ese tipo de pesca, en el supuesto caso de que abundasen los pejerreyes.

Puse la cámara en el zoom máximo 50X, lo que hubiera dado una visión adecuada de los pescadores. La oscuridad era tal que apenas pude confirmar que se trataba de dos personas pescando a la encandilada, lo que se deducía a simple vista. Era un hombre y un joven, posiblemente su hijo, usaban short y buzo. Estaban a alrededor de veinte metros de la orilla y con el agua apenas sobre la rodilla.

De joven, en el río, hace cincuenta años, pescábamos de manera diferente, ya relataré como.

Esta noche volví a ver las luces cerca de la orilla y dado que iba a bajar a comprar un par de helados me dije: «¿Por qué no llevar la linterna y comprobar que tantos pejerreyes hay?».

Durante un día tranquilo, caminando por el agua se observan aleatorios cardúmenes de pejerreyes pequeños, de modo que debería poder observarlos.

Al acercarme vi dos personas pescando, no eran los de noches anteriores, estas eran dos mujeres, una mayor, corpulenta y una chica joven. Ambas vestían bikinis. Llevaban un foco potente, un calderín de unos ochenta centímetros de diámetro y un bolso. La madre iluminaba la superficie del agua y la chica sumergía la malla y cada tanto tomaba con la mano algún pez y lo guardaba.

Pregunté: «¿Hay pejerreyes?». «Algunos», fue la respuesta.

Me alejé unos metros e iluminé la superficie del agua mientras caminaba de forma paralela a la costa. La noche era agradable y el agua no estaba fría. Observé algunos pejerreyes de tamaño razonable, mucho más pequeños que los de río, como es conocido. Al menos en la zona del río de la plata es así.

Mi pequeña linterna, si bien me permitía observarlos, no los encandilaba, de modo que apenas me percibían desaparecían con rapidez. Caminé disfrutando, soñando, hasta que se levantó viento, encrespó la superficie del mar y ya no pude ver más. Después de todo solo había ido como observador.

De niño, en el río Yi, al principio me tocó mirar desde la orilla. Un farol a mantilla en lugar de los leds de hoy, una cuchilla mediana en lugar del calderín. Había que comenzar por aprender a golpear con el lomo del metal sin que salpicara, de otro modo adiós al vidrio del farol (que estaba caliente por la combustión del querosene a presión).

Después me tocó llevar el farol y estar atento a los pozos que presenta el río.

Finalmente pude utilizar el facón. Un golpe justo, un golpe no muy suave y tampoco muy fuerte que partiera el pez a la mitad. Pero sobre todo pegar en la cabeza. El pez encandilado queda detenido varios segundos bajo la luz antes de iniciar la fuga. Ese es el tiempo de que se dispone para asestar un golpe adecuado.

Una buena noche se capturaban unos sesenta pejerreyes medianos, (más del doble de tamaño que los que se consiguen en el mar).  A la tarde siguiente, fritos, se constituían en el acompañamiento para el mate de la tarde. en las costas del río por supuesto.

Hoy al caminar por la arena, al iluminar el agua, no me encontré solo, no sentí nostalgia, mi padre me acompañaba caminando lento, a mi lado. Tan lento como caminaba yo.


 

viernes, 6 de enero de 2023

Esta luna llena, que hoy cubro con mi gorro, tiene muchos nombres.

Hoy, día de los reyes magos, sueño con uno diferente.

Hay quienes la llaman: Luna del Lobo.

Pues pertenecen a lugares donde ese animal es un símbolo.

No hubo en nuestros pueblos sudamericanos lobos que le aúllen,

ni llegan hasta aquí los nombres que le dieron indígenas norteños

 

Quizá tuvo un nombre guaraní, o quechua, no lo sé.

Pienso que fueron muy lógicos y en su lengua fue luna redonda.

Tampoco puedo llamarla luna de hielo, pues aquí es verano

y la contemplamos junto a las olas de un cálido anochecer.

No nos llega la mitología de diosas hindúes

Tal vez alguien la relacione con Buda entre tantas festividades asiáticas,

tan solo como un eco magnánimo.

 

Hoy 6 de enero de 2023, solo hoy, se me antoja llamarla luna de los Reyes Magos.

Porque debería haber un regalo, un juguete, aunque más no fuera una caricia para ese niño,

 que nos fue dado y que es todos los niños.

 

Sueño en la aurora vespertina de ese día permanente.

Tanto los pastores como los Reyes debían acercarse desde el oeste, tal como camine yo hace cinco años.

 Los magos habían seguido la estrella y recalaron en la tierra de Herodes. 

Oeste este es la dirección final del recorrido que desde Jerusalén conduce a Belén,

y es el del pequeño tramo que conecta el campo de los pastores con la gruta del nacimiento.

Y en ese corto camino se vieron alumbrados por esa enorme luna llena, la luna de los Reyes Magos, 

la misma que intento, hoy, atrapar con mi gorro.



Así como no es posible capturar instantes vividos, no puedo hoy aprisionar la luna.

La foto me recuerda que ese segundo fui feliz, pero no guardó el encanto,

ni siquiera guardó el motivo.

Si consistió apenas en la dulce acción del momento,

o fue el éxtasis que trae cada luna llena.

Si fue porque hoy es reyes y recuerdo momentos lejanos,

días en que un niño feliz esperó la mañana sin quererse dormir.

Quizá fue volver a ver la felicidad reflejada en el rostro de mis padres,

y en el de mi abuela.

¿Fui acaso el rey mago oculto, que sigiloso guardó los gestos de mis hijas?

Y sin saberlo agigantó con el largo devenir del tiempo.

Quisiera volver, mas el gorro volvió a cubrir mi cabeza,

y ahí debajo sigue estando la luna con sus secretos,

siguen estando los reyes magos visitando al niño,

siguen estando los juguetes, los míos, los de mis hijas, los de mis nietas y los de mis amigos,

siguen estando los semblantes felices de quienes me quisieron tanto y a quienes tanto quise.

Por algún rincón sigue estando un beso tan grande como la luna llena de este seis de enero.


 Comentario: alojarnos en Belén

domingo, 25 de diciembre de 2022

FELIZ NAVIDAD

 




Solemos, estos días, pensar en los migrantes, en los pobres de algún recóndito lugar negro de África que no conocemos, en los que habitan el barrio Borro. Y en muchos otros lugares posibles, extremadamente carenciados, a los que no tenemos acceso y la mayoría de las veces ni siquiera imaginamos. Qué es bueno rezar por ellos, ¡Claro que lo es! PERO. Estos días ¿pensamos en aquel que está a pocos metros de nosotros, quizá alguien del que nos separa solo una modesta pared de ladrillos, o de bloques? En ese que está solo y en aquel otro que escucha hablar del niño Dios y no quiere conocerlo o al que la sociedad ha condicionado para que no lo haga. Pensamos en aquel otro que se contenta con fumar algo o con tomar una pastilla. Pensamos en nosotros mismos cuando tomamos un trago de más o comemos innecesariamente un dulce.

Y, a pesar que esto acontezca con nosotros, en la noche del veinticuatro, cantemos un villancico, recemos una oración; no solo enviemos un mensaje, que está bien, PERO ¡hagamos algo más!

 

Fue entonces cuando decidí realizar un boceto que recuerde la Navidad para adjuntarlo a los deseos de paz y felicidad que enviaría a mis amigos. El boceto representa a María y José junto al niño. Podía quedar solo así, como hay tantos, pero preferí agregar una estrella sobre ellos. No se me ocurrió mejor cosa que colocar una estrella de David. Sé que no es lo usual y creí que había algunas razones:

José es de la estirpe del rey David, así nos lo indican los Evangelios de Mateo y Lucas. El primero comienza con Abraham y el segundo comienza con Adán, pasando en ambos casos por David. Juan en su prólogo hablará del Jesús preexistente y Marcos no hará ninguna referencia.

La idea del Mesías, el Cristo, el Ungido de donde se originaría la palabra Jesucristo. Recordemos que estoy solo realizando un boceto, una idea que formarán apenas un conjunto de trazos.

Esta idea nos permite comenzar con los primeros cristianos, aun no denominados de esa forma, en los comienzos de la iglesia. En ese momento los seguidores de Jesús (muerto y resucitado), llamados los del camino, eran un grupo más dentro de los grupos de judíos religiosos del momento. Recordamos en particular a los saduceos, los fariseos, los esenios. Los primeros evangelizadores al llegar a un lugar se dirigían siempre a las sinagogas, donde, dependiendo del grupo existente podían ser tratados de una u otra manera. Un tema importante de los comienzos consistió en discutir si los nuevos integrantes, no judíos (gentiles) debían ser circuncidados o no y lo mismo con otras costumbres. San Pablo fue figura importante en esa decisión que motivó el primer concilio de la historia, el concilio de Jerusalén.

Dibujé entonces una estrella de David y de inmediato obtuve reacciones negativas. Pensé en lo que acabo de escribir y no encontré argumentos adecuados para no hacerlo. Sin embargo, procedí a ir más a fondo, para ver si realmente la estrella de David (los dos triángulos equiláteros que forman una estrella de seis puntas, representaban ese camino desde el antiguo al nuevo testamento.

No fue así. Encontré conceptos varios, principalmente que la estrella de seis puntas no figura de ninguna manera en la Biblia, aunque pueda estar inspirada en el cantar de los cantares: que fue un símbolo del medioevo, también utilizado en consideraciones esotéricas y de otra índole e incluso formando parte de alguna construcción de la iglesia católica de esa época.

Si quisiera mostrar en el boceto algo que indicara esa relación con el judaísmo y con el rey David, debí haber utilizado una menorá de siete brazos como símbolo de luz, pero claro sobre una imagen del nacimiento de Jesús no correspondía.

De modo que me quedé con la tradicional estrella parte del imaginario comenta.




sábado, 19 de marzo de 2022

MIRANDO UN CUADRO POR PRIMERA VEZ

Museo del Prado: Brueghel el viejo, Jan
 
    Muchos museos están digitalizando imágenes de sus obras y como resultado podemos realizar giras virtuales y también detenernos, no como si estuviéramos frente a ellas, sentados en uno de esos bancos que se instalan o se instalaban en las galerías, pero mirarlas con detenimiento.

En la sala del apartamento hay una reproducción, traída del Museo del Prado, del cuadro de un artista flamenco del siglo XVI. Hay toda una historia doméstica respecto a la búsqueda del nombre del autor que se había perdido y que no figuraba en el breve catálogo del que disponíamos.

El marco, dorado hace más de cuarenta años, es de un color indefinido, el paspartú está amarillento y la imagen ha perdido su brillo y se ha oscurecido. Continúa siendo magnífica.

Es una ventana al campo verde, a las tareas desafiantes y dignificantes. Es una vista al hombre trabajando junto al animal, es una vista al milagro de la vida. Sí, vemos a través de los ojos y de los sentidos de un hombre que vivió hace más de cuatrocientos años. Es un remanso que nos permite romper con el cemento, con la ciudad oscura, teñida por el mal funcionar del escape de los excesivos ómnibus.

Es simplemente una granja, mostrada en plena actividad. A medida que me centro en el cuadro se van haciendo presentes más detalles y cuando mi foco se agudiza aparecen nuevos y nuevos puntos que se transforman en objetos, en brazos de hombres y mujeres recolectando, en rostros escondidos, en gestos humanos.

Un paisaje sinuoso con pequeñas lomas, tres árboles altos en el primer plano derecho. No puedo saber a qué especie pertenecen, son altos y no muy frondosos, se notan añosos con gruesos troncos en su base. Se afinan a medida que se elevan. Imagino que son castaños y que su fruto calienta los bolsillos de los granjeros durante los fríos días de invierno.

Un pesado carro tirado por tres yuntas de bueyes. Parejas de caballos cinchando del arado. Muchos caballos blancos, tipo frisones, pero también zainos, oscuros y bayos.

Los agricultores siembran al boleo. Un día de trabajo, un día de fiesta. Un día de disfrutar de la naturaleza. Quizá pudimos vivir en esos años, pudimos sembrar y cosechar y también pintar. Me imagino frente a la tabla dura dibujando los pequeños detalles y mi mano volando prendida del pincel.

Los graneros y talleres de diferentes alturas y dimensiones están próximos. Estructuras fuertes de ladrillo y techo liviano. Y en la lejanía, en el valle, el caserío, un templo con una aguja central, un sitio muy arbolado y apenas perceptible el movimiento de l
a gente.

Los pájaros revoloteando, atentos al insecto que deja expuesto la tierra que hiere la hoja del arado, quedando liberados a su suerte. Y también a la semilla que lleva el viento. Cruzan el cielo una pareja de tijeretas comunes o de una especie similar a la que tenemos con tanta abundancia en nuestros campos.

Muchas imágenes propias de la vida campestre, tres mujeres conversan sentadas en largos bancos frente a una mesa, debajo del alero de paja, un perro, personas que recorren el camino, hombres charlando de pie. Los gorros en punta, los delantales, la ropa del momento. Un mundo que no ha desaparecido, un mundo que podemos soñar y sobre el cual hablar y con quien hablar.

Me pregunto qué parte del cuadro se engendró en Bruselas, que parte viajó en la memoria del autor capturada durante sus viajes por países vecinos y que parte surgió de otros cuadros, suyos o no, detalles creados por su corazón de artista. También qué parte se repitió en otros cuadros de época. Y cuántos, sin saberlo descansamos nuestra alma frente a la misma reproducción.

Ahora, recién ahora, cuarenta años después estoy en condiciones de sentarme en el banco y dedicar una tarde a saborear el original y escuchar los secretos que tiene para contarme.

Marcos Andrade 27/06/2021

miércoles, 14 de julio de 2021

Precuela de Sherlock Holmes - El conde

 

En la recopilación de relatos de escritura creativa de CAFE LITERAUTAS de mayo respondimos al reto de narrar una precuela del famoso personaje de Conan Doyle.

Lo que escribo no relata, como se ha hecho usual, una de las hazañas de mi querido Holmes. Aconteció que caminaba distraído contemplando la hilera de tiendas elegantes en Rugby. Doblé por la calle Sheriff y después de la tienda de tabacos y de la pequeña tienda de periódicos, el azar me guio a un anticuario y venta de libros viejos. Buscaba distraído, tan solo para matar el tiempo, y me atrajo el algo deteriorado diario de un niño, exalumno del colegio de la localidad; y por supuesto estaba además a un precio irrisorio. El nombre del niño era Jim Moriarty.

Curiosamente, debido a esa adquisición fortuita, me enteré que en ella mi amigo cursó el último año escolar.

No le había escuchado mencionar esa escuela, pero sí muchas veces, para mi sorpresa, lo recuerdo vociferando, sin un oyente, discrepando con los métodos de enseñanza humanísticos todavía vigentes de la reforma de Thomas Arnold; considerado allí un grande. Ahora lo comprendo. Había acontecido en la escuela a la que asistió.

El refinado diario que adquirí describía un incidente fechado el 15 de enero de 1865. Aludía a la visita de un diplomático italiano, un conde de Milán, para ser más preciso. Estaba escrito su nombre, pero una pequeña mancha de tinta, casi eliminada, no permitía que se leyera en toda su extensión, y aunque me figuro cuales son las dos letras dañadas, por prudencia no lo haré público. El conde habló a los chicos acerca de pequeños detalles de la historia imperial romana.

El diario continuaba diciendo que, finalizada la reunión, el hombre, que era un amante de la música, tocó al violín el Divertimento en Re Mayor de Mozart. Para el final cambió abruptamente e interpretó temas zíngaros, las melodías alegres de esos terribles gitanos húngaros.

El chico había marcado como muy destacada la presentación, describiendo al Conde de esta manera:

«Un caballero de rostro ebúrneo, vestido con levita de cuello ancho y solapas, color azul, casi negra, un llamativo chaleco y un pantalón claro, con un sombrero de copa no demasiado alto. Botas de media caña».

El relato contiene un detalle inusual, al menos para su forma de escribir, según pude observar comparando con el resto del diario. Dice así:

«Sorpresivamente, finalizada la presentación el caballero solicitó autorización a la maestra para hablar unos instantes conmigo y con mi compañero. Comenzó diciendo:

—Vosotros parecéis hermanos y rivalizáis como tales. Ahora para ser admirados por vuestros maestros y por el resto de los alumnos. Intuyo algo extraño, algo oscuro en vuestro actuar que puede convertirse con los años en algo siniestro.

—Pude sondear —dijo Sherlock— que observó el comportamiento del grupo mientras muchos corrían durante el recreo. Cuando comenzó la clase no se presentó de inmediato, sino que continuó atisbando. Entiendo que lo hizo para asimilar nuestra forma de expresarnos, ¿qué lenguaje empleábamos cuando no éramos observados?  ¿Cómo procedíamos?

—No crea que no lo vimos —agregué

—¿Por qué haría eso? Presenté mi pequeña conferencia en latín culto, siguiendo la solicitud del director.

—¿Dedujo lo que nos acaba de decir mientras nos observaba, en el recreo, o durante nuestra entrada al salón? ¿Por qué particularmente a nosotros? —añadí.

—Les he dicho lo necesario, ahora me retiro, debo tomar el próximo tren.

—Puedo ver el billete —preguntó Sherlock— nunca he visto un pasaje de tren hacia Milán.

Cuando el hombre terminó de mostrarle varios billetes, algunos marcados incluso, mi compañero dijo:

—¿Es usted uno de los que están huyendo a América? No simpatiza con la Italia unificada, con Garibaldi o con el rey.

—Voy a América, sí. No sé qué ha visto en mis papeles. No solo no veo futuro en mi país sino en toda Europa. Eres un joven muy observador.

—No será más conde. Esos títulos no existen en América. —Dije— ¿Seguirá a Darwin a las Galápagos?

—Para nada dijo Sherlock. Este hombre va a parar en el Rio de la Plata.

El hombre sacó una pipa bulldog de un estuche finísimo de cuero y cargó el aromático tabaco. Me vinieron unas ganas tremendas de fumar como él. ¡Habrá tantas cosas esperándome cuando crezca!

Creo que Sherlock tenía alguna visión del futuro, que presagiaba hechos determinados; solo así pudo llegar a decir esa última frase. No pude observar nada que delatara esa situación particular del caballero italiano. Y como he escrito tantas veces, en este mismo libro, tenemos la misma capacidad de observación y de deducción. Lo curioso es que para algunos temas él es mejor. Para otros lo soy yo. Y además es un hecho repetitivo. En unos años seré detective, quizá él sea un ladrón a quien deba atrapar. El gran detective Moriarty. Tendré una oficina con una gran chapa de oro en la puerta.

Lo que más me llamó la atención fue lo siguiente: antes de que se retirara Sherlock le dijo algo en secreto. El Conde sonrió. De su maletín tomó el reluciente estuche, lo abrió, observó la pipa unos segundos. Volvió a cerrar el estuche, lo acarició, como si quitara el polvo de ese objeto impecable, limpísimo. El hombre regaló la pipa a mi amigo.

Pienso que las cosas más extrañas e insólitas suelen estar relacionadas a temas sin importancia. Me dijo simplemente que se la había pedido. No le creí. Analizándolo mejor quizá sea la verdad.»

Interesante relato. No quise mostrar el diario a mi amigo Holmes. Es un misterio por qué nos encontramos con maestros casuales a los que se admira u odia por el resto de nuestra vida. Creo que, tal vez sin recordarlo, tanto uno como otro con el tiempo se convirtieron en espejos que reflejan imágenes distintas de este Conde. Hasta he llegado a pensar que lo que había creído antes, acerca de que sus acordes al violín reflejaban ocultos pensamientos, no son más que armonías dispares de la música zíngara del conde.

Guardaré este relato con otros apuntes de mi amigo, quizá reconsidere y lo agregue en alguna de las historias.

Dr J Watson

 

ADIOS A UN COMPAÑERO

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