Falleció ayer, 2
de mayo de 2026, el Dr Luis Alberto Beguiristain Francia – amigo de toda la
vida, excelente estudiante, profesor, médico cirujano. Una vida ejemplar
dedicada a los demás.
Qué mejor que
recordarlo en un cuento real de final abierto:
Durante una
clase de literatura, posiblemente de cuarto año, el profesor, el Dr Williman,
para darle sabor a la clase relató un hecho que había ocurrido entre dos
escritores muy amigos. No sé qué tanto de verdad contenía o si fue solo
ficción.
Llamémosles
Pedro y Juan a estos amigos. Discutiendo un día sobre la muerte y el más allá
acordaron lo siguiente: aquel de los dos que muriera primero, si descubría que
era posible, intentaría hacerle llegar una señal al otro. ¿Cuál hubiera sido la
forma de comunicarse? Dependería de las posibilidades que encontrara en ese
desconocido camino.
Transcurrieron varios
años. Habían olvidado la conversación de aquel día. Pedro, sentado en el sillón
del estar, leyendo, vio de pronto que la gran araña que colgaba del techo comenzó
a pendular. La lámpara osciló dos o tres veces y volvió a detenerse. No había
viento ninguno. Entonces Pedro dijo:
—Ha muerto Juan
Alberto sitiado
a dos filas de mi banco hizo un gesto que comprendí de inmediato. No se
necesitaban palabras entre nosotros.
Ambos
continuamos nuestros caminos, él se recibió de médico y se especializó en cirugía,
yo me recibí de ingeniero. Pasados alrededor de veinte años se me vencía el
plazo para presentarme a una beca en Buenos Aires. Me faltaba un carné de
salud. No lo dudé, levanté el teléfono, disqué el número de la guía telefónica.
Minutos después estaba él con Luis, su padre. La amistad y la confianza no
habían cambiado. Estuve unos meses en Argentina, no bien volví a Montevideo,
una semana después partí para Hungría.
Pasó el tiempo,
aparecieron las redes sociales, intercambiamos algo sobre un aniversario en la
querida escuela del cañón (escuela número 6, Juan Zorrilla de San Martín) en
Durazno. Él había asistido y mencionó que también lo había hecho nuestra
maestra de cuarto año, la Srta. Elena Bessonart.
Ayer miré el
plano de la ciudad de Durazno en internet para verificar el nombre de una calle
que pensé equivocadamente que había cambiado. Tenía el nombre de una maestra
muy anterior a nuestra generación. Conversé con la IA para saber quién había
sido. La conversación continuó y vi con nostalgia que no recordaba el nombre de
dos de mis maestras, el de una de ellas aún no lo he recuperado. Pensé de
inmediato en la solución más obvia. Le preguntaré a Alberto. No lo hice en el
momento. Rato después mi esposa me avisó que Alberto había fallecido.
¿Fue el nombre
de la maestra el oscilar de la lámpara de techo? Pensando en eso, dejé en su
página de Facebook el siguiente mensaje:
Siempre estarás presente Alberto. Querido
compañero de estudios. Escuela y liceo juntos. Compartimos la bandera en la
querida escuela de "El cañón" Rezaré por ti. Tú entenderás.
En su relato, El
reloj de arena, termina escribiendo:
“Nuestro tiempo, es una experiencia única y
personal donde cada uno puede elegir como vivirlo, seamos capaces de darnos la
oportunidad de disfrutar con alegría cada instante de cada día.”
No hay comentarios.:
Publicar un comentario