Después de varios meses volví a
asistir a misa. No lo hacía desde antes de la cuarentena forzosa. Cuando
volvieron a abrirse las iglesias no fui. Hoy es el día de Nuestra Señora de
Betharram, la del ramo hermoso. Nunca falto. Siempre me emociona ver la hermosa
escultura en mármol blanco de la virgen y el niño. Sé que estuve en ese
pueblito vasco francés, contra los Pirineos.
He continuado con la misa a través
de internet. Personalmente tiene muchas ventajas, una de ellas es que oigo
bien.
Me molestó la música, no escuchaba
las lecturas de las personas con tapabocas. Me pregunté por qué razón no había
desplazado el ambón para que se pudiera leer sin este adminículo. Me molestaron
las personas. Mujeres y hombres que son como yo. Yo soy uno de ellos. Abrigado,
enmascarado, casi escondido, irreconocible como todos.
El diablo, en nombre de un supervisor extraño de este nuevo mundo distópico, bajo el aspecto de protocolo exige tus datos personales. ¿No tan alejado de la mención del texto del apocalipsis de hace dos mil años? El control innecesario de una pandemia ficticia.
Me faltaba el encuentro con Jesús en
la comunión. Desde que llegué nada me había sabido bien. Después de recibirla
fui otro.
Hace justo un año salía de seis
operaciones y comenzaba con un tratamiento de inmunoterapia. Voy en la quinceava
dosis.
Recordé al sacerdote que antes de la
última intervención acercó a mi casa la eucaristía.
Hoy pude agradecer a nuestra madre haber
podido superar un año más y el hecho de sentirme bien, a pesar de mi falta de
paciencia. Hace un año un amigo me explicó sobre el tratamiento que yo estaba
por comenzar. Hoy me duele saber que con total hidalguía está muriendo.